A MODO DE UNA OCCIDENTALIZADA ORIENTACIÓN

Mixturando, eclécticamente, algunos preceptos extraídos de la Biblia y del calefón con 3 partes de Macedoniana porfía, un toque justo de inmersión Jungiana y 4 gotas de Xulsolariana elevación mas el sumo de todo un Lao Tsé en pleno. En epifánica unción, alzamos las copas con el genial brevaje e invitamos a
Tristán Tzara y Alfred Jarry para que nos acompañen a presentarnos con la misma interjección con que comenzara su parlamento el Père Ubú, a la sazón Roi, es decir:










BIENVENIDOS A LA NAVEGACIÓN







Alertamos a los atildados sobre la utilización de metáforas azarosas. Toda libre asociación es demostración de que existe el inconsciente; sobre él desligamos responsabilidades.







Invitamos a descabalgarnos del constante absoluto, las certezas irreversibles, la presunción de objetividad, las posturas a ultranza y los dogmatismos.







Sugerimos tratar de tolerar lo mejor posible el vacío existencial, el tembladeral de la duda, la desubicación de la contradicción, la subjetividad y la vulnerabilidad humanas, a sabiendas de que, aunque denunciemos con cierta queja, lo hacemos enmarcados por el amor y con un fuerte deseo libertario porque:











."...Tú y yo no somos dos mitades de una inútil batalla,/ ni siquiera dos caras acuñadas por la misma derrota,/sino tal vez una pequeña parte de algún huésped sin número y sin rostro, que aguarda en el umbral."







Olga Orozco







Corre sobre los muelles - Museo Salvaje - 1974 -











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lunes, 15 de diciembre de 2008

CON EL CULO EN EL ESPEJO

Apagué el televisor con la imagen de las caras curtidas por la angustia de los piqueteros que reclamaban los "planes trabajar" consistentes en un empleo temporario de 150 pesos que, según ellos, servían para paliar el hambre de sus familias en esta Navidad del siglo 21. Me bañé intentando lavar la culpa que genera la imposibilidad de transformar esta cruel realidad en la que se mueren de hambre 55 chicos por día, y rogué que la frustración no empañara mi asistencia a la fiesta de unos viejos conocidos que inauguraban su casa cumpliendo, además, 27 años de casados. El lugar francamente hermoso, aunque no tanto como aquella mansión colonial que les conociera en San Isidro, cuando el lujo de su burguesía era más expansivo que esta situación a la que se han ido acomodando por la declinación que ocasionó la quiebra de la industria familiar. Lo que supone haber suprimido los caldosos quilombos de tres familias viviendo del mismo aguantadero y lograr cierta tranquilidad interior; que, si bien no la pude constatar, les deseo que la hayan conseguido. Pero lo que no pudieron suprimir, es la exhibición de la opulencia que demostraban los 27 cisnes de globos flotando en la pileta, los 15 reflectores de colores consumiendo 38.000 Kwatts por hora, los 4 parrilleros, 2 barmans, 3 disc jockeys y las 7 criadas bolivianas recorriendo el parque y levantando los restos de alimentos desperdigados por doquier y con ruinosa displicencia, por los hastiados comensales. A mí, el destino, mi pícaro inconsciente, o la alta temperatura reinante (me es difícil saberlo), me colocaron en la inmejorable condición de desubicado cuando, al no haber registrado bien la hora de llegada, lo hice con anterioridad a lo indicado por los anfitriones. Situación extremadamente bochornosa pues a quién, que no sea un verdadero descolgado o un invidente de la realidad, se le ocurre generar semejante incomodidad. La sensación de anacrónica presencia la superé con la cálida recepción que hicieron del libro que llevé de regalo, cuando lo ubicaron en el atril de las partituras del piano de cola. Siempre pensé que había escrito un libro de poesías e imágenes para leer o, en tal caso, mirar. Pero lo cierto es que, el hecho de ignorar el talento de la familia para interpretarlo musicalmente, dejó al descubierto mi inconfesable colección de prejuicios, sumiéndome nuevamente en la angustia, pues, desvalorizar la sensibilidad ajena es, cuando menos, alarmante. ... ¡ La creación es tan generosa ! ... ¡ El ser humano tan impredecible!.. Aunque lo que más me costó digerir, fue la visualización del jardín tapizado con multitudinarias fuentes que ofrecían, como flores, numerosas tortas rodeadas de almendras, maníes, castañas, nueces, avellanas y confituras de todo tipo. Su sola presencia me alertó de la suba de glucosa a niveles insospechados, así que para evitar la diabetes, me corrí hacia otro rincón donde observé como las humeantes mollejas, chorizos, morcillas y músculos de diferente laya, compensaban la saturación de cremas y chocolates que chorreaban mi imaginario como un empalagoso telón de fondo. Hipnotizado por la chisporroteante fritura de colesterol en la parrilla y envuelto en una nube de humo gris, escuché la voz del barman que me ofrecía un "Margarita". -¿ Solo a un boludo se le ocurre que puedo mezclar semejante cocktail dulce con las ofertas carnívoras que estoy visualizando?- pensé. Pero emití un acartonado gesto de aristócrata que me dejó mejor parado que el de asco que empujaba por salir. Mientras reprimía el exabrupto, los invitados se distribuían por el jardín, con la misma cara de nada con que se sale del cine después de soportar una monótona e interminable película. Perdido en la incomprensión del aburrimiento ajeno, planté el culo en la silla más próxima, contabilizando los litros de perfume que debieron utilizar para intoxicar mi tolerante olfato y sumé las cantidades de tintura de rubia, de negro rimmel, y de lápiz labial imprescindibles para sostener la pringosa mascarada. Y al intentar levantarme, me enredé con los collares, anillos, pendientes y relojes de oro que enmadejaban mi agonía y eran expuestos, con manifiesto orgullo, por la presente humanidad tan adicta a los brillos. Para no sucumbir, decidí cambiar de ruta sin caer en el espanto. Enderecé la postura y, constatando en el reflejo de una ventana que mi figura lucía tan almidonada como la situación, me dirigí hacia el grupo con el que hablaba el dueño de casa. -...Si me conectás con el gerente, le puedo ofrecer los servicios de mi empresa y toda la información sobre marketing que necesite el grupo con el que trabajás, además de decirte que... ¡Estás muy bonita !- Por supuesto la mina era un bagayo con dos dientes torcidos para afuera y, accidentalmente, maquillados con el "ultratornasol rouge" de moda. Después de escuchar esa magistral sutileza que logró derretirme un par de neuronas y machucado desde el ombligo a la tiroides por los decibeles monocordes de la cumbia bailantera, decidí buscar una palabra que acariciara al corazón, pues, del tembleque espasmódico, resultó imposible saber si era producto de la alergia a los exóticos concurrentes, o el temor al paroxismo del siguiente extravío. Para sanearlo me acerqué con disimulo a una mesa donde, de pié, tres cuarentonas bien formadas charlaban con apasionados gestos que delataban una comprometida participación del cuerpo en la experiencia. Atraído por la propuesta, paré la oreja con la esperanza de que el tema narrado, erectara algo más que el enroscado apéndice auditivo. El solo gesto de una de ellas acariciándose una teta me indicó que iba en camino. La sangre, arremolinada y de un solo borbotón, me golpeó los genitales mientras las doscientas pulsaciones por minuto, señalaban el acceso a una confesión íntima que, desbordada por el erotismo y la sensualidad, sólo una mujer experimentada es capaz de relatar... -¡ La puta...! Me dije en el preciso momento en que, esa voz de locutora nocturna, pronunció con extrema claridad: -"siliconas"- El resto de la quirúrgica conversación se me fue apagando mientras crecía en mí un sentimiento llovido ... muy parecido a la desazón ... o a la depresión... o a ese absoluto desconcierto que en realidad, aunque quise, nunca pude disipar. ¡Que importa! ¡No! ¡Que importa no! ¡Me acaban de robar una fantasía! ¡Me mataron la ilusión! ¡Me importa tres carajos que las ilusiones no sirvan para nada y que es mejor destruirlas por impotentes! ¿Impotentes? ... tu abuela,... ... esta gente... .....y al final... ... ¡ yo también! ¡Pelotudo! Completamente desahuciado y para no seguir hablando solo, me acerqué a saludar a la anfitriona pues, consciente de la fóbica desconección, decidí que era tiempo de retirarme para airear mi maltratado psiquismo. Pero todo paquete reclama el moño de una reluciente frutilla. Y ésta, me la regaló la "dueña de mierda o gorda de casa" cuando con celestina alegría, comentó : -¡Ay, pobrecito, Adrián, que está solo!... Pero no te preocupes que en un ratito viene alguien que conocés: ¡Mónica! Los ojos se me entrecruzaron, la boca se secó y la lengua empezó a girar sobre sí misma como un tirabuzón incontrolable. Porque si algo faltaba para el rebrote esquizofrénico, era la presencia de esa histérica que, como retribución a los maravillosos momentos de amor que disfrutáramos, me torturaba con cuanta extorsión, celos y reclamos se encaprichara durante los meses que duró la relación. Pensé en los libros que se había quedado, en los discos, en la lámpara de porcelana, en las agrietadas caras de los piqueteros, en el rouge, en el hambre de los chicos muertos y en el puto humo de los chinchulines indigestándome la existencia. - ¡ Que se los meta en el culo que, todavía, no lo tiene decorado ! - Le grité a la obesa, que en la cara de galleta dejó colgada una sonrisa de hule, mientras los ojos se le perdían en las neuronas que, infructuosamente, trataban de imaginar a que carajo me estaba refiriendo. Con una profunda aspiración de boca abierta, atravesé la espesura de la gente y al pasar por el living en dirección a la calle pude ver que, la pintura que hacía años me habían comprado, estaban coronadas con unas plásticas hojas de muérdago y dos moradísimas pelotas de Navidad. ___________________________________________________________________

1 comentario:

Anónimo dijo...

muy bueno el cuento; que momento no?
Eso te pasa por andar con burgueses de la alta...de donce sacás esas amistades?

Gi