A MODO DE UNA OCCIDENTALIZADA ORIENTACIÓN

Mixturando, eclécticamente, algunos preceptos extraídos de la Biblia y del calefón con 3 partes de Macedoniana porfía, un toque justo de inmersión Jungiana y 4 gotas de Xulsolariana elevación mas el sumo de todo un Lao Tsé en pleno. En epifánica unción, alzamos las copas con el genial brevaje e invitamos a
Tristán Tzara y Alfred Jarry para que nos acompañen a presentarnos con la misma interjección con que comenzara su parlamento el Père Ubú, a la sazón Roi, es decir:









BIENVENIDOS A LA NAVEGACIÓN







Alertamos a los atildados sobre la utilización de metáforas azarosas. Toda libre asociación es demostración de que existe el inconsciente; sobre él desligamos responsabilidades.







Invitamos a descabalgarnos del constante absoluto, las certezas irreversibles, la presunción de objetividad, las posturas a ultranza y los dogmatismos.







Sugerimos tratar de tolerar lo mejor posible el vacío existencial, el tembladeral de la duda, la desubicación de la contradicción, la subjetividad y la vulnerabilidad humanas, a sabiendas de que, aunque denunciemos con cierta queja, lo hacemos enmarcados por el amor y con un fuerte deseo libertario porque:











."...Tú y yo no somos dos mitades de una inútil batalla,/ ni siquiera dos caras acuñadas por la misma derrota,/sino tal vez una pequeña parte de algún huésped sin número y sin rostro, que aguarda en el umbral."







Olga Orozco







Corre sobre los muelles - Museo Salvaje - 1974 -











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martes, 31 de agosto de 2010

ALDO PELLEGRINI (1903-1973)

“… En el proceso utilizado para domesticar a los poetas, el aplauso, el consenso elogioso, la popularidad, son los factores más peligrosos. El poeta que sucumbe a la tormenta de los aplausos debe pensar que los imbéciles, que forman la gran masa de los llamados entendidos, no se equivocan nunca: sólo aclaman lo inofensivo. El poeta debe desconfiar de ese aplauso, de ese elogio unánime, con el que fabrican las rejas de su prisión.”


. Fragmentos del capítulo “La acción subversiva de la poesía”






“… El hombre común rehúye el problema de la soledad adoptando la vida vegetativa de las amebas: vive muerto.


En esta actitud de de distanciamiento con el medio, el artista llega a una situación tal de desamparo en que se ve obligado a decir con Pessoa: “Nada me une a nada”.


Tal la posición del artista en el área del hombre común. Pero se dirá: tiene a sus hermanos de sangre, los otros artistas. Nadie podrá describir en forma aproximada la intensidad de sentimientos que abarcan el odio, el resentimiento, la envidia, la indiferencia, abundantemente condimentados con la intriga, la calumnia, la deslealtad, la vileza, el despecho, la degradación, el saqueo, la estafa, que esos llamados “hermanos de sangre” tienen hacia un artista auténtico. En este caso especial suele despertar de un modo prodigioso la “imaginación” de estos “hermanos de sangre”, y entonces realizan una verdadera multiplicación de los pecados capitales, que como milagro no queda a la zaga de la multiplicación de los panes. Por eso el artista está todavía más solo entre los falsos artistas. Estos últimos forman una multitud desesperada en busca del éxito: se patean, se codean, se empujan, pero en definitiva se unen y se apoyan para defenderse del artista auténtico, porque ellos también tienen derecho a la vida. Y por ese derecho a la vida lanzan baratijas para el consumo de los idiotas: cantidades innumerables de cuadros, poemas, novelas, teatro, que llegan por montañas, por toneladas, en medio de un alboroto de aplausos, exclamaciones, admiradoras radiantes de felicidad que se levantan las faldas para ofrecer su único don; y el éxito, la fama, los altavoces, los titulares, los afiches; los espectadores y los lectores mueren de un placer exquisito, y resucitan y vuelven a morir; las adolescentes agonizan en brazos de sus madres, ¡Oh agonía del goce! Agobiado por tanto placer entran ganas de pedir: ¡Por favor, sólo un segundo de respiro! Pero no: la inmersión, la asfixia en un torrente de deleites intelectuales, y nuevas toneladas de libros, de cuadros, hasta ya no poder más. Y entonces llega la industrialización de tan suculentos artículos de “goce”, con su cohorte de editores, productores, marchands, críticos, vendedores, promotores, sus investigadores de mercado, y la publicidad, la enorme, seductora y alucinante publicidad que lleva de la mano al hipnotizado consumidor hasta esas quintaesencias del placer. Y entre los mercaderes del éxito y especuladores de la falsificación, el artista está solo; no, no está solo: lo empujan, lo patean, lo sacuden, lo chocan, lo derriban, en su desesperada carrera, aquellos que acuden sofocados a la distribución de premios, medallas, honores, pañuelos de seda, todo en un escenario sembrado de ramos de flores delicadamente envueltas en celofán, que rápidamente se vuelven malolientes y de vaginas que aspiran a compartir la fama (el delicioso gusto amargo de la fama); y algo más allá la madre que grita: “¡Oh, tengo un hijo genial!, y el padre es tan dichoso que sólo le queda la salida del suicidio y naturalmente se suicida, porque no hay nada como la procreación para crear un desmesurado sentimiento de culpa. Después de esa gran aventura sólo quedan pequeños plagios y algunos jirones de retórica. ¿Y Acaso no basta? ¿No queda también después del amor, del más grande amor, un poco de ceniza?


Pero volviendo a un terreno menos agitado, nos encontramos con el solitario que ha sido escupido, pateado, vejado, y derribado y su cabeza minuciosamente pisoteada, porque hay que decir la verdad, lo han reconocido y lo han apartado de modo harto eficiente. De todo este acontecimiento, el solitario sólo conserva una gran fatiga y un sueño, un inmenso sueño…Pero su tiempo es otro; su tiempo de minutos infinitos, distintos, densos o fugaces, dilatados o sobrios, hórridos o resplandecientes o hirientes, espinosos, cálidos. En todos esos minutos hay una partícula de un ingrediente secreto: una partícula de eternidad.


Es la gratuidad del arte, su absoluta inutilidad lo que constituye una afrenta para la mente común. Pero en esa inutilidad reside, precisamente, su importancia. Es tan inútil como el amor. Y el argumento de que no sirve para los fines prácticos de la vida, no queda sino rebatirlo con la aclaración de que no sirve para vivir, justamente porque es la vida misma. Arte y vida son términos ligados. El arte es un momento de manifestarse la vida, sin el cual queda mutilada. Pero ni lerdo ni perezoso el hombre común ha sabido convertir al arte en mercadería, en valor cotizable en el mercado; le dio un precio a la inutilidad. Y al mismo tiempo que le daba un precio lo pervertía.


Los mercaderes de obras de arte, los productores de libros: ¿En qué medida promueven la labor del artista? ¿En que sutil medida, acaso, no van carcomiendo el espíritu del artista, no lo despojan de su autenticidad?...”


“…Hay otro motivo para la soledad. El artista penetra en las comarcas inexploradas, en esa selva virgen del espíritu donde habitan los más terribles engendros del terror y de la angustia.



Es la zona de todos los riesgos. Allí nadie lo acompaña. Está solo con su delirante empeño d e penetrar en lo más profundo, en lo más denso, en alcanzar lo más distante, lo inalcanzable.


Así penetra en la comarca del amor hasta su último límite para descubrir su apasionante misterio, allí donde el placer físico y la unción religiosa se encuentran, allí donde se produce la metamorfosis de la carne en espíritu, allí donde el amor aparee como el principio fundamental de todas las cosas, y la ley única que preside a todos los movimientos posibles.


Esta exploración por territorios nunca transitados es la que rehúye el hombre común. El arte es un exiliado más allá de las fronteras de una vida social. Ya no se trata de ser pisoteado, se trata de algo más grave: nadie lo acompaña.


Pero el artista no tene vocación de soledad, todo lo contrario: tiene la vocación del amor, y ese amor se vuelca hacia el universo entero, y en primer término hacia los otros hombres, hacia todos los hombres. No ve en ellos maldad, sino desamparo. Los ve más terriblemente solitarios que él mismo, en medio de su bullicio y de su simulada alegría, y los ve más solitarios porque ignoran serlo, con lo que su soledad no tiene salida, creando esa angustia y ese malestar que desembocan en la agresividad y en el odio. Ama a los hombres, y para ellos es su mensaje, no para si mismo, nunca para si mismo; pero los hombres lo rechazan, porque quieren ignorarlo todo, porque tienen miedo al pánico de una revelación que los dejaría tocando la nada con dedos que tiemblan.


Siempre hablo del arte en función de su contenido poético, y este contenido es el que impulsa al artista hasta el último límite.


Lo poético es esa mano que no tiembla y atraviesa el plomo. La poesía desintegra lo compacto, tiene ese ácido irresistible que corroe las convenciones


Que pone en evidencia la fragilidad de lo falso. La poesía es la máquina infernal que hace explosión en medio del letargo de un mundo sin sentido. Porque la poesía no tiene por objeto la búsqueda de una belleza serena y estática, sólo tiene por objeto la creación de esa máquina explosiva, la máquina que pretende arrancar al hombre de su letargo. Un verdadero poema debe transformar al lector que lo comprenda. Después de entrar en contacto con el poema, ese lector ya no será el mismo hombre.


El artista no se representa a si mismo en su obra, sino al hombre en sí, a todo hombre. El pronombre que usa no es yo, sino nosotros.


Representa al hombre cabal que hay en el interior de cada uno de nosotros, aunque lo neguemos; representa la rebelión de ese hombre sumergido en un mundo de mentiras, en el que se predica la libertad para ofrecer la esclavitud, en el que se predica el amor para ofrecer el odio.


Por eso la poesía tiene que ser extraña, difícil e hiriente. Pero por sobre todo tiene que ser inmaculada. ¡Que ninguna mano sucia se pose sobre ella!


Ninguna mano sucia, entiéndase bien, puede soportar la risa, la sorna, el más estúpido gesto de incomprensión, pero ni el más mínimo contacto con una mano sucia Y es una misión fundamental en el poeta mantener alejada su obra de esa mano, llámese el que la lleve crítico, poeta, amigo o transeúnte.


Sobre el mundo de la simetría y el orden el artista construye el magnífico imperio del desorden. Y hay desorden hasta en la obra de un Mondrian, pues, ¿Qué otra cosa sino desorden puede provocar una obra que aparta al hombre de la rutina cotidiana para lanzarlo a un universo de claridad y pureza indescriptibles? Ese imperio del desorden es un imperio de libertad, por eso todos los buscadores de un “nuevo orden” son promotores de esclavitud.


En realidad, el artista va a la conquista de ese estado superior del hombre en el que las palabras orden y desorden no tienen sentido. Pero la conquista de ese estado humano más alto no se logra sin dolor. En ese sentido, el arte es una experiencia de vida de una intensidad sin precedentes para el hombre medio, es la vida colocada a un grado de alta tensión. No se puede compartir ese estado, y el artista sufre el aislamiento con que se proscribe a los enfermos contagiosos.


El problema de la soledad es el problema esencial del hombre, y está ligado al problema de la incomunicación, que se ha constituido en el gran tema de nuestro tiempo: toda la literatura y el arte moderno están cargados de él.


En cuanto al hombre común, decide ignorarlo y se aferra a los medios de información masiva que en gran escala ha lanzado la técnica moderna y que constituye en realidad falsos medios de comunicación. El resultado es una soledad cada vez mayor del hombre, adherido a los periódicos, la radiotelefonía, o la televisión, como un apéndice vacío de humanidad. Pero la gran humorada, el terrible sarcasmo, es que aquellos falsos artistas, que por razones de insensibilidad no sienten ni pueden sentir la angustia de la soledad, la pregonan con gran altisonancia en sus versos, en sus prosas o en sus cuadros, que son todos productos de la cocina bastarda con la que se desfigura un problema que el artista siente y expone como arquetipo del hombre auténtico. Y el asunto ha llegado a un grado tal de mistificación que es momento oportuno para decir: ¡Basta de soledad!









Fragmentos del capítulo “La soledad del artista”


Ambos capítulos pertenecen al libro de


ALDO PELLEGRINI
http://amediavoz.com/pellegrini.htm
http://es.wikipedia.org/wiki/Aldo_Pellegrini



“Para contribuir a la confusión general.


Una visión del arte, la poesía y el mundo contemporáneo”


Editorial Leviatán- Buenos Aires.

I

4 comentarios:

Isolda dijo...

ADorado, me alegra ver que 'para contribuir a la confusión general', dejas tus ocupaciones.
Te confieso, que tras leer varias veces semejante texto, difícil de coj..., me quedo con una frase del tal Pellegrini (y perdona mi ignorancia) con la que estoy de acuerdo:

'Siempre hablo del arte en función de su contenido poético, y este contenido es el que impulsa al artista hasta el último límite'

Dicho esto, te dejo con tus cosas, sabes que en esta parte del mundo te queremos mucho.
Besos enormes para tí y para M.

Amando Carabias María dijo...

Al final creo que se trata de una cuestión de tiempo. Únicamente tiempo. ¿Cuántos ayer fueron denostados, pisoteados... y hoy son tenidos como máximos exponentes de la modernidad y mañana serán considerados anticuados, inservibles?
Con lo que sí estoy de acuerdo, plenamente de acuerdo, es con lo de la profunda soledad del artista.
Y no es que me considere uno de ellos.

lobo rojo solitario dijo...

Maese encontré un poema de Pellegrini q se llama sustancia erótica me encantó en breve lo subiré a mi blog. Gracias por traernos a estos tipos inmensos q han hecho maravillas en y con el arte argentino. abrazo+beso
palabra clave grati, no te digo
jaaaaaajjjjjjjjjaaaaaaaaaa

francisco gomez dijo...

Ese instante que yo nunca podré experimentar y que los artista si tenéis el privilegio de vivirlo, no es otro, para mi humilde entender, que el enfrentarse a la soledad y al vacío para crear.
Saludos Paco